
Por Risto Mejide
Director Creativo de AFTERSHARE.TV
Así funciona la primera ley fundamental de la seducción. Yo te digo que no me leas, y aquí estás. Pero es que si voy a más, y te digo que no te interesa nada lo que te voy a contar y que lo dejes ahora mismo, seguirás atado a este texto hasta que lo acabes. Porque si me haces caso, las dudas te asaltarán (¿y si al final decía algo interesante? ¿y si en realidad sí era para mí? ¿y si no lo era, qué les dice a los demás?) y serán mucho más difíciles de soportar que el tiempo que tardas en leerme. Somos así. No es que nos guste que nos metan caña. Más bien es que andamos faltos de seducción. Hasta la persona más feliz tiene carencias, y donde hay una carencia, hay una ilusión (hacerla desaparecer), y donde hay una ilusión, hay un deseo latente, listo para que alguien o algo lo despierte. De ahí que el latinajo seducere, en su acepción menos literal, corresponda al verbo descarriar. Nos morimos de ganas de que nos hagan descarriar. Así, la eterna pregunta que desde siempre se le hace al márketing, “¿El márketing crea necesidades?”, se resuelve muy fácilmente. El marketing es, en esencia, seducción, despertar esa necesidad que estaba latente, que no molestaba nada hasta que alguien la señaló con suficiente habilidad. Algo así como cuando te rascas una picadura que hasta entonces no picó. Pues bien, buscar trabajo es, también en esencia, de los casos más extremos de seducción que se conoce. Aquí, los consumidores de trabajo son las empresas, y los productores somos todos los trabajadores que en algún momento nos hemos visto obligados a ofrecer nuestro tiempo a cambio de dinero. La competencia es más feroz que nunca, hay mucha gente ahí fuera, y seas como seas siempre tendrás la sensación —o incluso la seguridad— de que alguien es mejor que tú, con más contactos, más gracia, menos años, mejor presencia, mejor preparación. Por eso, conforme el mercado laboral se hace más competitivo, cada vez tiene más sentido tratar nuestra candidatura gestionando nuestra compraventa de servicios laborales como si nosotros mismos fuésemos el producto. Estamos hablando de manejar nuestro propio nombre como una marca. Estamos hablando de personal branding. El personal branding extrapola lo que es bueno para la gestión de marcas al ámbito profesional del individuo, tratándolo como un producto que hay que vender. A mí es un campo que siempre me ha interesado, y estoy convencido de que la tendencia del coaching es a los recursos humanos lo que el personal branding será muy pronto para el márketing. Una herramienta al servicio del individuo que quiera optimizar su nivel de empleabilidad. De los muchísimos autores sobre el tema (Mc Nally y Speak, Montoya, Peters, Beckwith y Beckwith), recomiendo mi versión, que para eso la escribo. La he llamado el ADN del Personal Branding. A saber, A de Autenticidad, de ser fiel a uno mismo. La gente compra integridad, o lo que es lo mismo, tener claros unos pocos valores y ser coherente y consistente con ellos. D de Diferenciación, contrastarse con el entorno, y aquí hablamos más de actitudes (que no se pueden aprender) más que de aptitudes (que se pueden comprar). N de Notoriedad, sorprender y sorprenderse, cuando ya creen que saben lo que pueden esperarse de uno, vamos y sorprendemos (positivamente, se entiende). Como en el mundo de las marcas, gustarás a muchos, y otros tantos te rechazarán. Y al igual que con las marcas, dado el suficiente tiempo y talento, eso es justamente lo que, te contraten o no, acabará llevándote al éxito, que siempre he pensado que es algo muy íntimo y personal. Como decía mi abuela, “el éxito ya lo tienes, ahora te falta el reconocimiento”. Razón tienen las abuelas, ¿oyes?.
Risto Mejide
Director Creativo de AFTERSHARE.TV
Conferenciante de Thinking Heads
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